Archivos Mensuales: junio 2011

Portadora de sueños

No sé si el cansancio que siento esta mañana
es consecuencia del nuevo sueño que anoche
Morfeo trajo a mi cama para regalarme.
Y fue allí, sin ir más lejos, cuando me acerque a ti,
sorteando un laberinto de paredes de piedra.

Y allí estabas tú, encima de una torre horadada,
firme, buscándome con tu mirada a lo lejos.
Hermosa como siempre, con esos ojos,
tan grandes que en ellos siempre me pierdo,
guiándome decididamente hacia ti con tu sonrisa.

Y es que a veces me ocurre esto que te digo.
Que apareces bella en un millón de sueños,
paseando lentamente por la arena de la playa,
con ese vestido blanco radiante cual reina,
viniendo a mí a demoler muros a golpe de besos.

Y desde este recuerdo que tengo esta mañana,
echo de menos encontrarme con tu cara,
disfrutar del carrusel de luz de tu mirada,
del resplandor deslumbrante de tu sonrisa,
de ti, a fin de cuentas, portadora de mis sueños.

Mi revolucionaria

Perdido, apasionado, casi loco,
así naufragaría mil veces en ti,
deambulando por tu boca idolatrada,
perdiéndome bajo tus suaves manos
en esta febril pasión que nos invoca.

Quiero atravesar todas las fronteras,
navegar las sabanas de tu cama,
travieso devorar tu tierno cuerpo,
jardín de delicias donde saciarme
hasta perderme en tu cielo.

Quiero demorarme bebiendo tu dulzura,
embriagarme de tu esencia derramada,
morderte los hombros y la espalda
como frutas ya maduras y dulces,
reposando en el lecho de tu pelvis.

Y así, agotados, engarzados ambos,
acariciándonos la piel al centímetro,
tu durmiendo aferrada a mi brazo,
yo con mi pecho rozando tu espalda
y los dos sonriéndole a la vida.

Así imagino este día en un año más,
celebrando la felicidad de un amanecer,
viendo florecer la sonrisa en tu cara,
regalándonos el alma en casa beso,
muchos años más, mil años más.

(Hace treinta y tres años, a las seis de la tarde, nació la mujer que ha revolucionado mi vida, y así tuvo que ser, habiendo nacido el mismo día que cierto guerrillero loco que revolucionó América, y apoderándome de sus palabras hoy digo: “Si el presente es de lucha, el futuro es nuestro”.)

Calles de Madrid

Madrid. Allí fuimos a parar los dos cuando
desembocaron sendos trenes, largos y solitarios,
que navegaban por ríos metálicos y chirriantes,
uno de mañana, el que me puso a mi allí
otro a mediodía, tras mi espera, que te acercó a mi.

Y es que en esta mañana que solo clarea,
recuerdo tu maleta roja cruzando el asfalto
del Paseo de la Infanta Isabel, o aquel
botellín de agua fresca que me pedías sedienta
al pasar junto al real jardín botánico, contenta.

Pero allí, Carlos V no conquistaba nada,
y no había mas realeza que la de tu mirada.
Porque mi reina hacia tiempo que eras tú,
con esa media sonrisa de nervios que tenías
y esos ojos graciosos con los que me mirabas.

Que placer llevarte de la mano a mi lado,
que me llevases por esas calles anónimas
donde el murmullo acallaba nuestras palabras
y sedientos buscábamos, además de tiempo,
una cerveza fría que echarnos a la boca.

Y la verdad es que apenas comimos,
pero es curioso como se cierra el estómago.
Los nervios, la ansiedad, el tenernos delante…
no solo teníamos sed de bebida, sino de tiempo,
espacio, silencio, penumbra y sabanas blancas.

Recuerdo también palabras bajo nuestros pies,
poemas dorados, siglo de oro, que entretenida
leías mientras yo feliz, de tu mano y caminando,
te escuchaba recitar versos preciosos de grandes:
Quevedo, Lope de Vega, Cervantes o Góngora.

Y es que, ahora lo pienso, no podía ser otra calle
donde plantases tus piernas, preciosa mía;
pues mi panocha, la que siembra mi corazón a diario
de ilusiones y alegrías, y de algún arrebato pasional,
tuvo que llevarme por la Calle de las Huertas.

Y con sorpresa, pues lo que en ocho años no encontré
apareció ante nosotros con sus puertas verdes,
ese gallego donde cenamos aquella merluza tan rica,
y donde cogidos de la mano, uno frente al otro
conjuramos a las meigas del amor con una queimada.

Y así estoy esta mañana, donde comienza a salir el sol,
acordándome, son una sonrisa nostálgica de ti.
Deseando volver a verte, abrazarte y besarte,
pensando que, ciertamente, eres el amor de mi vida y
con la disposición de entregarte el corazón en cada beso.